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La señorita Ponny y la muerte

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La señorita Ponny y la muerte

Mensaje por Invitado el Vie Oct 31, 2014 9:34 pm

El presente escrito es una transcripción literal de un cuento que se llama “Francisca y la muerte” del autor Onelio Jorge Cardoso, está disponible en la red y es lectura común en las escuelas en México. Lo único que hice fue cambiar los personajes por los de Mizuki.
La señorita Ponny y la muerte.
 

—Santos y buenos días —dijo la muerte, y ninguno de los presentes la pudo reconocer.
¡Claro!, venía la parca con su trenza retorcida bajo el sombrero y su mano amarilla en el bolsillo.

—Si no molesto —dijo—, quisiera saber dónde vive la señorita Ponny.

—Pues mire —le respondieron, y asomándose a la puerta, un hombre señaló con su dedo rudo de labrador: Allá por los matorrales que bate el viento, ¿ve? hay un camino que sube la colina. Arriba hallará la casa.

"Cumplida está" pensó la muerte, y dando las gracias echó a andar por el camino aquella mañana que, precisamente, había pocas nubes en el cielo y todo el azul resplandecía de luz.

Andando pues, miró la muerte la hora y vio que eran las siete de la mañana. Para la una y cuarto, pasado el meridiano, estaba en su lista cumplida ya la señorita Ponny.

"Menos mal, poco trabajo; un solo caso", se dijo satisfecha de no fatigarse la muerte y siguió su paso, metiéndose ahora por el camino apretado de romerillo y rocío.

Efectivamente, era el mes de mayo y con los aguaceros caídos no hubo semilla silvestre ni brote que se quedara bajo tierra sin salir al sol. Los retoños de las ceibas eran pura caoba transparente. El tronco del guayabo soltaba, a espacios, la corteza, dejando ver la carne limpia de la madera. Los cañaverales no tenían una sola hoja amarilla; verde era todo, desde el suelo al aire, y un olor a vida subía de las flores.

Natural que la muerte se tapara la nariz. Lógico también que ni siquiera mirara tanta rama llena de nidos, ni tanta abeja con su flor. Pero ¿qué hacerse?; estaba la muerte de paso por aquí, sin ser su reino.

Así pues, echó y echó a andar la muerte por los caminos hasta llegar al Hogar de Ponny.
—Por favor, con Ponny —dijo adulona la muerte.

—Ella salió temprano —contestó una niña de oro, un poco temerosa, aunque la parca seguía con su trenza bajo el sombrero y la mano en el bolsillo.

—¿Y a qué hora regresa?  —preguntó la muerte.

—¡Quién lo sabe! —dijo la hermana María—. Depende de los quehaceres. Por el campo anda, trabajando.

Y la muerte se mordió el labio. No era para menos seguir dando rueda por tanto mundo bonito y ajeno.

—Hace mucho sol. ¿Puedo esperarla aquí?

—Aquí quien viene tiene su casa. Pero puede que ella no regrese hasta el anochecer.

"¡Chin!", pensó la muerte, "se me irá el tren de las cinco. No; mejor voy a buscarla". Y levantando su voz, dijo la muerte:

—¿Dónde, de fijo, pudiera encontrarla ahora?

—De madrugada salió a ordeñar. Seguramente estará en el maíz, sembrando.

—¿Y dónde está el maizal? -preguntó la muerte.

—Siga la cerca y luego verá el campo arado detrás.

—Gracias —dijo secamente la muerte y echó a andar de nuevo.

Pero miró todo el extenso campo arado y no había un alma en él. Sólo garzas. Soltóse la trenza la muerte y rabió:

"¡Vieja andariega, dónde te habrás metido!" Escupió y continuó su sendero sin tino.

Una hora después de tener la trenza ardida bajo el sombrero y la nariz repugnada de tanto olor a hierba nueva, la muerte se topó con un caminante, un hombre alto, blanco y de bigotes, George Johnson:

—Señor, ¿pudiera usted decirme dónde está la señorita Ponny por estos campos?

—Tiene suerte —dijo el caminante—, media hora lleva en casa de los Ardley. Está el niño enfermo y ella fue a sobarle el vientre.

—Gracias —dijo la muerte como un disparo, y apretó el paso.

Duro y fatigoso era el camino. Además, ahora tenía que hacerlo sobre un nuevo terreno arado, sin trillo, y ya se sabe cómo es de incómodo sentar el pie sobre el suelo irregular y tan esponjoso de frescura, que se pierde la mitad del esfuerzo. Así por tanto, llegó la muerte hecha una lástima a casa de los Ardley:

—Con la señorita Ponny, a ver si me hace el favor.

—Ya se marchó.

—¡Pero , cómo! ¿Así, tan de pronto?

—¿Por qué tan de pronto? —le respondieron—. Sólo vino a ayudarnos con el niño y ya lo hizo. ¿De qué extrañarse?

—Bueno... verá —dijo la muerte turbada—, es que siempre una hace la sobremesa en todo, digo yo.

—Entonces usted no conoce a la señorita Ponny.

—Tengo sus señas —dijo burocrática la impía.

— A ver; dígalas —esperó la madre, que no era otra que Candy. Y la muerte dijo:

— Pues... con arrugas; desde luego ya son sesenta años...

—¿Y qué más?

—Verá... el pelo blanco... casi ningún diente propio... la nariz, digamos...

—¿Digamos qué?

—Filosa.

—¿Eso es todo?

—Bueno... además de nombre y apellido.

—Pero usted no ha hablado de sus ojos.

—Bien; nublados... sí, nublados han de ser... ahumados por los años.

—No, no la conoce —dijo Candy—. Todo lo dicho está bien, pero no los ojos. Tiene menos tiempo en la mirada. Ésa, a quien usted busca, no es la señorita Ponny.
 


Y salió la muerte otra vez al camino. Iba ahora indignada sin preocuparse mucho por la mano y la trenza, que medio se le asomaba bajo el ala del sombrero.

Anduvo y anduvo. En casa de los Cornwell le dijeron que estaba la señorita Ponny a un tiro de ojo de allí, cortando pastura para la vaca de los niños. Mas sólo vio la muerte la pastura recién cortada y nada de la señorita Ponny, ni siquiera la huella menuda de su paso.

Entonces la muerte, quien ya tenía los pies hinchados dentro de los botines enlodados, y la camisa negra, más que sudada, sacó su reloj y consultó la hora:

"¡Dios! ¡Las cuatro y media! ¡Imposible! ¡Se me va el tren!"

Y echó la muerte de regreso, maldiciendo.

Mientras, a dos kilómetros de allí, la señorita Ponny escardaba de malas hierbas el jardincito de la escuela. Un viejo conocido, el señor Stevens, pasó a caballo y, sonriéndole, le echó a su manera el saludo cariñoso:
—Señorita Ponny, ¿cuándo se va a morir?

Ella se incorporó asomando medio cuerpo sobre las rosas y le devolvió el saludo alegre:

—Nunca —dijo—, siempre hay algo que hacer.

FIN

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Re: La señorita Ponny y la muerte

Mensaje por LizvetArdray el Vie Oct 31, 2014 9:52 pm

Jajajajaja... La pinche Muerte Nunca atrapó a Ponny... Graciosa 
Siempre hay que hacer... Está el dicho que dice: "Si la muerte te busca  y estás ocupada, nunca te encuentra."
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LizvetArdray
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Re: La señorita Ponny y la muerte

Mensaje por Invitado el Vie Oct 31, 2014 10:30 pm

Me encantó Sabrina, recuerdo muy el cuento de mi libro de lecturas en la primaria, en lo personal me gustaria llegar a ser asi, bien recia y trabajadora me recordaba a mi abuelita de niña ahora a mi mamá y espero continuarlo yo ! Excelente adaptación !

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Re: La señorita Ponny y la muerte

Mensaje por bowerslittlegirl el Vie Oct 31, 2014 11:10 pm

Esta muy bien hecha tu adaptacion linda!! Vaya esta historia es inolvidable... me has traido recuerdos!!!
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bowerslittlegirl
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Re: La señorita Ponny y la muerte

Mensaje por Invitado el Sáb Nov 01, 2014 4:30 am

Qué buena adaptación! Un cuento con mucho sabor mexicano :*

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Re: La señorita Ponny y la muerte

Mensaje por Soraya De Andrew el Dom Nov 02, 2014 1:22 pm

¡¡Que vaga resulto la Srita Pony que ni la muerte le dio alcance, intentare ser como ella!!





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Re: La señorita Ponny y la muerte

Mensaje por Invitado el Dom Nov 02, 2014 1:37 pm

Que bueno que les gustó brujitas, lo hice con cariño y sí hay que intentar ser como la señorita Ponny.

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Re: La señorita Ponny y la muerte

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